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El Retiro: retrato del icónico parque madrileño

  • 2 feb 2016
  • 5 min de lectura

Actualizado: 2 feb 2025


El espacio más democrático de Madrid es, paradójicamente, el que mejor habla de la historia monárquica española. Disfruta del Parque del Retiro, el pulmón urbano donde madrileños y turistas recuperan fuerzas para seguir de marcha.

Por Diego Montoya Chica.

Publicado en Avianca en revista, Edición febrero de 2016

​En el mito, cuando Dios expulsa del Paraíso al facineroso Lucifer, no se percata de un detalle contradictorio: el ángel rebelde, tras una emplumada caída desde los cielos, va a dar ni más ni menos que al lugar ideal para un destierro: Madrid. La ciudad del regocijo entre copa y copa. La que ‘mola’ por sus tapas. La que es ‘guay’ gracias a su gente ‘maja’. Para colmo de males del Todopoderoso, justo cae Belcebú en el parque más bonito de la capital española, que se llama –como si lo hubiesen bautizado así para el arcángel expatriado– El Retiro. Valiente castigo.

Todo lo anterior se piensa en la zona sur de las 118 hectáreas que conforman el parque, puesto que allí descansa, desde 1885, el monumento El Ángel Caído, un Lucifer colérico fundido en bronce. “La escultura está a 666 metros sobre el nivel del mar”, le informa un turista ecuatoriano a su compañera mientras ella fotografía los ornamentos del alto pedestal –serpientes, lagartos, demonios de cuyas fauces brotan chorros de agua–. La mujer responde que no cree semejante coincidencia. Pero no sabe que Madrid está a 655 m.s.n.m, por lo cual la altitud de la obra es, cuando menos, cercana al número de la bestia.

La instantánea hoy

Todo lo siguiente ocurre en un mismo momento: bajo un follaje otoñal, un grupo hace yoga con la guía de un profesor inglés. Metros más allá, al pie de las columnas que sostienen el monumento a Alfonso XII –el más grande del parque, frente al gran Estanque–, un racimo de jóvenes hace un picnic con platos de diversas procedencias. Justo a su lado, se juega un partido de fútbol infantil en la categoría ‘el balón es únicamente mío’. En la Rosaleda, que queda al sur, se besa entre risas una pareja de brazos enredados. Por el Paseo Fernán Núñez, extremo oriental, un atleta conectado a un iPod pasa trotando frente a la Biblioteca Eugenio Trías. En el centro del parque, en las inmediaciones del Palacio de Cristal –uno de los dos edificios allí gestionados por el Museo Reina Sofía, siendo el segundo el Palacio de Velázquez–, un bulldog francés termina de mear en un árbol. Con respiración porcina y trote esforzado, llega el can a los pies de su dueña, una anciana madrileña que medita si entrar o no a la exposición gratuita que allí ofrecen del vietnamita Danh Vō. Y finalmente, en el Paseo del Estanque, un dibujante iraní desliza un lápiz sobre un papel para caricaturizar a un turista catalán.

Así es la Madrid que en la actualidad explora los rincones del Retiro, día tras día: democrática, pluricultural, saludable. Pero no siempre fue así. Para ello, el lugar debió pasar por etapas tan complejas como turbulentas.

De invasiones y coronas

Hacia 1630, el Conde-Duque de Olivares donó estos terrenos al rey Felipe IV para que él y su corte tuvieran ratos de descanso, allí donde hoy lo tienen miles a diario. De esa época es testigo un ser vivo: el ciprés calvo del Parterre, al oeste, que se cree es el árbol más viejo de Madrid. A partir de entonces, una serie de hitos tejieron la primera etapa del Retiro. Por ejemplo, se construyó allí el enorme palacio que es posible identificar en el plano urbano que George Matthäus Seutter dibujó con plumilla en 1728. Entonces, la ciudad era una pequeña villa delimitada al oriente por ese volumen y sus verdes alrededores, y estos, a su vez, recibían aportes y modificaciones durante cada subsecuente reinado. Es el caso de las 12 esculturas de monarcas medievales del Paseo de Argentina, encargadas por Fernando VI para decorar la cornisa del palacio real y luego reubicadas por Carlos III en el parque. Doña Urraca, Alfonso I de Aragón y Gundemaro, entre otros, dan allí la bienvenida a la ciudadanía en compañía de acordeonistas y titiriteros. No reparan en la procedencia, raza, orientación sexual, religión o indumentaria de los visitantes pues así, en piedra blanca, los reyes son abiertos a los tiempos y a la diversidad.

No obstante, el Retiro que conocemos hoy es innegablemente un producto del siglo XIX. Napoleón Bonaparte, quien en 1807 había acordado con la monarquía española un permiso para cruzar su territorio y tras ello invadir Portugal, dio orden traicionera a sus tropas una vez estas cruzaban la península un año después: tomarse a España. Hasta Madrid llegaron y allí hicieron del Retiro un fortín. Al final de la guerra consecuente – denominada ‘de la independencia’, lo cual es paradójico, puesto que simultáneamente se libraban las batallas independentistas en Latinoamérica contra la corona española– era tal la destrucción del palacio que sólo quedó en pie donde hoy están el Salón de Reinos y el Casón del Buen Retiro.

Fernando VII recibió entonces al parque agonizante y, de ahí en adelante, este tomó un carácter cada vez más público hasta que la revolución ‘gloriosa’ de 1868 trajo la apertura al vulgo de la totalidad de los terrenos.

El crepúsculo

Así como están los reyes y el Ángel Caído, hay otros personajes esculpidos que podrían reunirse y hacer un festín variopinto. Aunque de repente lo hacen sin que lo sepamos y al cerrarse las 17 entradas del parque –a las 00.00 en verano y a las 10.00 p.m. en invierno–, Alfonso XII, Benito Pérez Galdós y la mujer que carga la máscara de Jacinto Benavente se hacen sándwiches de jamón serrano y beben un buen vino a orillas del estanque. En cualquier caso, cuando abren las verjas los terrenos son para la invitada principal: Madrid entera.

Curiosidades

  • El Palacio de Cristal fue construido en 1887 para albergar la exposición flora traída desde Filipinas.

  • El Estanque, construido para los juegos náuticos de los reyes de antaño, ha sido desocupado dos veces y allí han encontrado los objetos más extraños.

  • En el parque estaba, hasta hace pocos años, una discoteca frecuentada por los creativos de La Movida Madrileña.

  • Donde hoy es la biblioteca, antes estaba la Casa de Fieras. Era un zoológico cuya historia se remonta hasta 1774.

  • En el sur está el Bosque del Recuerdo, donde 192 árboles simbolizan a los muertos que dejaron los atentados del 11 de marzo de 2004 en la estación de Atocha.

 
 
 

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